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Apego y relaciones

Esta vez voy a quedarme contigo

Una carta a mi apego ansioso, que siempre ha intentado cuidarme

6 min de lectura

Ahí estás otra vez.

Esa parte de mí que se asusta cuando alguien tarda en responder. La que repasa cada palabra buscando algo que quizás ni siquiera está ahí. La que me pide que me marche antes, que no diga demasiado y que finja que no me importa.

Durante mucho tiempo pensé que venías a complicármelo todo. Ahora empiezo a sospechar que solo intentabas protegerme. Que aprendiste a cuidarme cuando yo todavía no sabía cómo hacerlo y que, desde entonces, no has dejado de intentarlo.

Aunque a veces me cuides de formas que duelen.

Te he visto despertar delante de una pantalla en silencio, cuando alguien que quiero cambia ligeramente el tono, cuando un plan se cancela o cuando noto una distancia que no sé explicar. Al principio intentas tranquilizarme. Haces que me diga que quizás está trabajando, que no ha visto el móvil o que ha tenido un mal día. Pero pronto me llevas de vuelta a la última conversación y haces que me detenga en una palabra más seca, en un corazón que esta vez no apareció, en ese «hablamos luego» que podría significar exactamente eso o el principio de todas las despedidas.

Y, detrás de todas las preguntas, aparece una que casi nunca me atrevo a decir en voz alta:

¿Y si ya no me quiere?

El apego ansioso no es querer demasiado. Tampoco es ser dramática, intensa o incapaz de estar sola, aunque algunas noches nos hayamos llamado cosas mucho peores. Es vivir los vínculos sin conseguir descansar del todo dentro de ellos, como si una parte de nosotras mantuviera siempre el oído pegado a la puerta por si algo cambia.

No me haces buscar señales porque quieras hacerme sufrir. Lo haces porque crees que, si consigues avisarme antes de que llegue la despedida, esta vez dolerá un poco menos. Y, cuando tú tomas el control, me cuesta distinguir lo que está ocurriendo de todo lo que temo que pueda ocurrir.

Por eso un silencio no es solamente un silencio. Puede sentirse como una puerta cerrándose despacito.

Lo curioso es que hasta la ciencia parece haberte conocido antes que yo. Hace tiempo que intenta comprender por qué algunas personas viven los vínculos con el miedo siempre despierto. Incluso ha puesto nombre a esa forma tuya de mantenerme alerta y hacerme buscar cercanía cuando temes perderla: la llama hiperactivación del sistema de apego.

Pero tú no sabes de sistemas de apego ni de estrategias de hiperactivación.

Tú solo me haces sentir un nudo en la garganta, una presión en el pecho y la urgencia de hacer algo para que la incertidumbre termine: preguntar si pasa algo, volver a escribir o releer la conversación buscando el momento exacto en el que todo pudo cambiar. Solo quieres saber que nada se está rompiendo mientras esperamos.

No sé exactamente cuándo aprendiste que, para protegerme, tenías que convertirme en una espía del amor, siempre buscando pistas de una despedida que nadie había anunciado. Quizás no hubo una gran herida, sino pequeños momentos en los que no supimos con seguridad si alguien iba a estar ahí: emociones que nadie supo acompañar, necesidades que aprendimos a esconder o personas que nos quisieron, pero que no siempre supieron hacerlo bien.

Quizás por eso intentas llegar antes que el abandono. Haces que pregunte una vez más si todo está bien, que esconda lo que necesito o que me vuelva fría para comprobar si la otra persona sigue ahí. No quieres estropear mis relaciones. Solo intentas evitar que vuelva a sorprenderme una ausencia.

Ahora entiendo que intentabas protegerme. Pero entenderte no significa dejar que el miedo decida por las dos. Significa aprender a escucharte sin obedecerte siempre.

Porque no siempre vienes del pasado. A veces apareces porque algo en el presente también duele. Hay personas que aparecen y desaparecen, que utilizan la distancia para castigar o que nos mantienen en una incertidumbre constante. No siempre te equivocas. A veces intentas avisarme de que no es ahí donde tenemos que quedarnos.

Pero he hecho un trato conmigo misma.

La próxima vez que vuelvas, voy a intentar hablarte de otra manera. No voy a pedirte que te calles ni a enfadarme contigo por tener miedo. Vamos a esperar juntas, a respirar un poco y a preguntarnos qué ha pasado de verdad y qué parte de la historia has completado tú porque todavía no teníamos respuestas.

Si necesito cariño, intentaré pedirlo sin disfrazarlo de enfado. Si algo me preocupa, preguntaré en lugar de imaginar. Y, si la persona que tengo delante aparece y desaparece, me confunde o no sabe cuidarme, no voy a pedirte que te quedes ahí para demostrar que ya hemos sanado o que ya no nos importa, porque vivir en esa incertidumbre también nos está haciendo daño.

Poco a poco aprenderemos que no todos los silencios anuncian una despedida, pero también que no tenemos que quedarnos en cualquier lugar. Que podemos esperar sin perseguir, querer sin vigilar y pedir cercanía sin sentir vergüenza.

No puedo prometerte que nadie volverá a irse. Ojalá pudiera.

Pero sí puedo prometerte que, cuando vuelvas a tener miedo, no tendrás que protegerme tú sola.

Esta vez voy a quedarme contigo.

Referencias científicas

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  3. Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2019). Attachment orientations and emotion regulation. Current Opinion in Psychology, 25, 6-10. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2018.02.006
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  5. Park, Y., Johnson, M. D., MacDonald, G., & Impett, E. A. (2019). Perceiving gratitude from a romantic partner predicts decreases in attachment anxiety. Developmental Psychology, 55(12), 2692-2700. https://doi.org/10.1037/dev0000830
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